She was born in Iran and grew up with Iranian culture and language. A flower needs soil to grow and for her, that soil was Iranian. But her parents were Afghan immigrants—refugees—and life was very hard. Privation, prejudice, strangeness: these were daily problems.

She never thought it easy or even possible to separate a flower from its soil—to say, “The soil is barbarian with you growing in it. It doesn’t know you! It doesn’t like you! Go! Go to another place…”

So she could not believe Iran would persuade Afghan people to return to their country. She felt herself an Iranian girl in language, style, and culture. She could not face returning to a country she knew nothing of except that people said she was from there. She thought Iran was her home, her soil, but she was wrong.

The family finally left everything in Iran and came to Kabul. So many people had said goodbye to Afghanistan but they returned to say hello, to say: “Hey, wake up! It is now time to recover, to refresh, to stand up for us who came back for you.”

During the first months, everything was new and life was good. Her family pumped water from a well and looked at this as useful exercise. Prices seemed cheaper because of the different currency, and they felt more affluent. When there wasn’t enough fare for a bus or taxi they were happy to ride the rickshaw, though it was dangerous and the rickshaw ride on Kabul’s bumpy Charqila Road was like a theme park ride.

One month, two months, three… a whole year passed, and by then these things had grown boring. It seemed they had regressed ten years or more. It was no longer acceptable to waste energy and time extracting water from a well for washing clothes and dishes, instead of with piped water. The noise from the neighborhood kids became intolerable when the girl wanted to study. And in winter, she hated the snow, rain, and wind. Yeah, the girl who used to love snowmen and drinking hot tea in the rain, who used to love the wind whiplashing her hair!

She had changed. The mud and slosh, the dust and pollution in the street made getting around, having electricity, and getting water much harder. Father’s struggle to break wood for fuel and his trembling in the cold also changed her. Her tears when the wood was finished and there was no money to buy more—all of this changed her interests, ideas, even her appearance. She was now shy and her hands were black and wrinkled from the cold and dirty water of the well. She looked much older than her age.

She endured her father’s unemployment too. He had worked as a welder in Iran and he was covered with cuts and rashes that she sometimes had to soothe for him with pomades. So although they had less money in Afghanistan, she was glad her father’s skin could heal. But he was ashamed about not working. He decided that an illegal return to Iran was the only solution.

She wanted the whole family to return to Iran but they didn’t have visas so it was impossible. Only her dad went. They had never been separated more than a week. How could they tolerate this? God, how?

His hands were saints for her. She kissed them, these hands, which had taught her sacrifice and zeal. He lifted her head, looked in her eyes, and said: “Your father is strong, but do you know what my real power is? It is the hope of seeing my daughter in white doctors’ cloth. You will make me proud. Remember this!”

***

My father returned to Iran, that alien place. He returned because Afghanistan was also alien, both for me and for him. I will never forget how the Iranian people scoffed: Hey Afghan! Hey stranger! And I will never forget how the Afghan people, my people, also scoffed: Hey Iranian! Hey stranger! Neither country could provide fertile soil for our whole family.

It has been years since we returned to Afghanistan and I am still looking for a nationality. I’m still hoping for a piece of this earth where my family can sit down together. But my father has not returned. Sometimes I become sad and whisper: “God, I feel so poor not to have a home on any part of your earth!” At once a voice responds: “Don’t be sad. You are more like a swallow than a flower. Swallows have no lifelong nest on earth. The sky is their nest. Do not worry. Reach for the sky!”

By Zainab

Many thanks to Eva Amat for translating Zainab’s story into Spanish

El cielo es un nido de golondrinas

Nació en Irán y creció con la cultura y lengua iranís. Las flores necesitan tierra donde crecer y para ella, esa tierra era la iraní. Pero sus padres eran inmigrantes afganos, refugiados, y su vida era muy dura. Privaciones y prejuicios eran problemas diarios.

Nunca pensó que fuera fácil o incluso posible separar una flor de la tierra en la cual está enraizada – decir, “Esta tierra no quiere que crezcas en ella.  ¡No te conoce! ¡No le gustas! Marcha a otro sitio…”. No podía creer que Irán fuera a convencer a los afganos de volver a su país. Se sentía iraní en el lenguaje, en el estilo y en la cultura. No podía enfrentarse a regresar a un país del cual no conocía más que el hecho que la gente decía que ella era de ahí. Creía que Irán era su casa, su tierra, pero se equivocaba.

Finalmente la familia dejó todo en Irán y vino a Kabul. Mucha gente había dicho adiós a Afganistán para volver y decir hola, decir. “¡Eh, levanta! Es momento de recuperarse, de refrescarse, para resistir por nosotros que hemos vuelto por ti.”

Durante los primeros meses, todo era nuevo y la vida estaba bien. Su familia extraía agua del pozo y lo consideraban un ejercicio útil. Los precios parecían más baratos debido al cambio de divisa, y se sentían más prósperos. Cuando no les alcanzaba para el autobús o el taxi, se conformaban con subir en rickshaw aunque era peligroso.  El trayecto en rickshaw por la calle desigual de Charquila de Kabul se asemejaba a una atracción de un parque temático.

Un mes, dos meses, tres… un año entero pasó y para aquel entonces todas esas cosas ya les cansaban. Daba la impresión de que habían regresado hacía ya diez años o más. Ya no era aceptable gastar tiempo y energía sacando agua del pozo para lavar platos y ropa en vez de obtenerla de las tuberías.  El ruido de los vecinos se volvía intolerable cuando la niña quería estudiar. Y en invierno odiaba la nieve, la lluvia y el viento. La misma chica que adoraba los muñecos de nieve y beber té caliente bajo la lluvia, que adoraba también el latigazo del viento en su pelo.

Ella ha cambiado. El lodo y el chapoteo, el polvo y la polución en las calles hacen que desplazarse, tener electricidad y conseguir agua sea mucho más difícil. La lucha de su padre por partir leña para combustible y su tiritar en el frío también la habían cambiado. Sus lágrimas cuando se terminaba la madera y no quedaba dinero para comprar más – todas estas cosas han cambiado sus intereses, ideas e incluso su apariencia. Se había vuelto vergonzosa y sus manos eran ahora oscuras y arrugadas debido al frío y al agua sucia del pozo. Aparentaba mucha más edad de la que tenia. También soportaba el desempleo de su padre. Él había trabajado como soldador en Irán e iba siempre cubierto de cortes y sarpullidos que ella a veces trataba con pomadas.  Así que pese a que tenían menos dinero en Afganistán ella estaba contenta de que la piel de su padre se curara. Pero él se avergonzaba de no trabajar. Decidió que un retorno ilegal a Irán era la única solución.

Ella quería que toda la familia regresara a Irán pero al no tener visado eso era imposible. Sólo fue su padre. Nunca se habían separado más de una semana. ¿Cómo iban a resistirlo? Dios. ¿Cómo?

Sus manos eran sagradas para ella. Ella besó  esas manos que le habían enseñado sacrificio y fervor. Él levantó su cabeza, la miró a los ojos y le dijo: “Tu padre es fuerte pero ¿sabes dónde está mi verdadero poder? Está en la esperanza de ver a mi hija en ropa blanca de médico. Harás que esté orgulloso, acuérdate.”

***

Mi padre volvió a Irán, ese lugar extraño. Volvió porqué Afganistán era también extraño, tanto para mí como para él. Nunca olvidaré como se mofaban los iraníes: “¡Eh afgano! ¡Eh extranjero!”. Y nunca olvidaré como los afganos, nuestra gente, se mofaban también: “¡Eh iraní! ¡Eh extranjero!”. Ninguno de los dos países podía proporcionar tierra fértil para nuestra familia.

Hace años que volvimos a Afganistán y aún busco una nacionalidad. Aún deseo un trozo de esta tierra donde mi familia pueda sentarse junta. Pero mi padre no ha regresado. A veces me entristezco y susurro: “Dios, ¡me siento tan pobre por no tener un hogar o un pedazo de tu tierra!” Y al momento una voz responde: “No estés triste. Tú eres más parecida a una golondrina que a una flor. Las golondrinas no tienen nidos permanentes en la tierra. El cielo es su nido. No te preocupes. ¡Trata de alcanzar el cielo!”

Por Zainab